Elecciones, hostigamiento y otras tradiciones
Ambas listas apelaban a un ideario común, pero lo que las diferenciaba no era un proyecto político, sino la militancia previa de sus integrantes: por un lado, la coalición del oficialismo; por el otro, quienes dejamos esos mismos espacios luego de vivir dinámicas de violencia interna que, lejos de extinguirse, volvieron a repetirse ahora, en plena campaña.
OPINIÓN
Sofía Venegas
12/12/20252 min read
Señorita Directora:
Las recientes elecciones de mesa ejecutiva de Federación, Consejería Superior y Consejerías de Facultad en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso deberían haber sido un motivo de celebración. Hacía años, desde la pandemia, que no vivíamos un ciclo democrático tan nutrido: dos listas en competencia, más de veinte candidaturas a consejerías de facultad y cuatro postulaciones a la consejería superior. Un renacer de la política universitaria, un pequeño temblor que quienes llevamos años en estos espacios solemos esperar con la esperanza (casi obstinada) de ver nuevas generaciones asumir el desafío de representarnos.
Sin embargo, esa ilusión se disipó rápido. Y lo que quedó a la vista, quizás como nunca antes, fue la respuesta a una pregunta que hace años nos incomoda: ¿por qué al estudiantado no le interesa la política universitaria? ¿Por qué las asambleas se vacían, por qué los CGE son un ritual al que asisten siempre las mismas caras? ¿Por qué no logramos convocar ni entusiasmar?
La respuesta, lamentablemente, estuvo en el mismo proceso que debería habernos devuelto la fe: porque los espacios siguen siendo hostiles. Brutalmente hostiles. Y no sólo para quienes se acercan por primera vez, sino incluso para quienes llevamos años en este sector.
Ambas listas eran de izquierda. Ambas apelaban a un ideario común. Pero lo que las diferenciaba no era un proyecto político, sino la militancia previa de sus integrantes: por un lado, la coalición del oficialismo; por el otro, quienes dejamos esos mismos espacios luego de vivir dinámicas de violencia interna que, lejos de extinguirse, volvieron a repetirse ahora, en plena campaña.
Lo digo desde la experiencia: como candidato a consejería de facultad, recibí hostigamientos, gritos, descalificaciones y amenazas veladas por parte de militantes de una de estas líneas. No fui el único. Compañeras y compañeros de mi lista pasaron por situaciones similares. Se nos trató de cobardes por haber abandonado partidos que, paradójicamente, hoy renuevan discursos de participación mientras reproducen las mismas prácticas que expulsan a la gente nueva.
Incluso escuchamos, más de una vez, que si ganábamos se buscaría “inhabilitar el proceso”. Porque a algunos les parecía inconcebible que estudiantes sin los contactos adecuados, sin los nombres “de siempre”, pudieran obtener apoyo mayoritario. La caricatura de que sólo se gana desde la red clientelar terminó siendo más verdadera que nunca.
Y entonces surge la pregunta que no queremos hacer, pero que debemos enfrentar: ¿Estamos disputando la universidad en clave democrática o en clave de hostigamiento? ¿Queremos realmente nuevas generaciones participando, o sólo queremos que participen quienes a ciertos grupos les conviene ver en los cargos?
Hoy Chile enfrenta una oleada antidemocrática evidente: el avance de Kast, la persistencia de figuras como Parisi, el ruido permanente de los discursos de Kaiser. Mientras tanto, en la izquierda universitaria, que debería ser un refugio democrático, seguimos fracturándonos por quién “aguantó más”, quién demostró más valentía, quién se quedó y quién se fue.
Pero la democracia no se construye desde la intimidación moral ni desde la superioridad ética autoproclamada. Se construye desde el trabajo colectivo, desde la formación, desde la capacidad de escuchar y de acompañar a quienes recién se integran.
El Movimiento Gremial no va a renacer en la PUCV por arte de magia. Va a hacerlo si nosotros dejamos que nuestras propias fracturas y prácticas expulsivas abran los espacios que ellos no han sabido conquistar. Y lo evitaremos sólo si entendemos que el poder universitario no puede sostenerse en redes cerradas ni en lógicas de amedrentamiento, sino en una comunidad que educa, acoge e impulsa.
La política universitaria puede renacer. Pero sólo si dejamos de impedir que nazca.
Atentamente,
Sofía Venegas Figueroa
Estudiante de Periodismo y Consejero de Facultad FACEA 2026
